Hace 10 años atrás he visitado un leprocomio y en mi recorrido por los pasillos visualicé a un hermano que se encontraba en su pieza, me saludó con alegría, con auténtica sonrisa, luego me invitó a que pasara, me di la vuelta, entre a la pieza y fui a saludarlo, con sorpresa me di cuenta que estaba en una silla de ruedas sin las dos piernas, se le habían amputado, la lepra se lo había llevado, él en cambio sentado hacía su trabajo, tejía sombreros. Empezamos a hablar, me comentaba todo lo que hacía, que no sentía necesidad estando en el lugar, hacía mucho tiempo sus familiares le habían dejado a su suerte allí. Tuve pocas intervenciones, este hombre tenía tantas cosas que compartir y me ocupé solo en escucharlo.
Antes de retirarme me pasó una hoja con bolígrafo y me dijo; Si quieres pon ahí los nombres de tus seres queridos necesitados o enfermos para tenerlo en cuenta en mis oraciones. En la esquina de su pieza tenía una mesita, velas y fósforo, hojas que contenía largo listado de las personas quienes se encomendaban a sus oraciones. Era una persona muy orante, con razón se lo veía estar muy feliz.
Por eso digo, para Dios no hay excusas, todos somos importantes, no hay edad, nuestras propias realidades no condicionan nada, todos velemos la misma moneda ante Dios, todos podemos hacer algo importante desde nuestra condición de vida y que la felicidad no es espontáneo ni cuestión de suerte, es por sobre todo; “Una decisión”
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